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lunes, 3 de enero de 2011

La privación del placer y la violencia

La privación del placer físico sensorial durante la primera infancia, es la principal causa de la violencia social. La violencia en gran escala sólo acontece en las culturas y comunidades en las que somos represivos con los niños y por supuesto en las que también reprimimos la vida sexual en general. Lamentablemente tengo la sensación que aún no estamos listos para mirar de frente la sistematización del abuso, porque tendríamos que cuestionar el surco completo con la lógica que lo sostiene para percibir el autoritarismo, el maltrato y la dominación de los más fuertes sobre los más débiles. Esta organización la ha sistematizado el patriarcado, con el objetivo de dominar y acumular bienes. Las guerras son parte necesaria de este sistema que es obligatoriamente fratricida, es decir, necesita que los hermanos nos matemos unos a otros con el fin de obtener territorio, ganancias o poder. Para ello, precisamos generar guerreros, es decir, seres insensibles y capaces de matar. Eso es algo muy fácil de lograr: simplemente negándoles a los bebes y niños pequeños el cuerpo materno y el placer que ese contacto conlleva. Si el niño sufre en la medida suficiente, luego será capaz de reaccionar con ira para lastimar y dominar a otros.

Ahora bien, el amor es fundamental. Un bebe que no ha sido “humanizado” a través de la sustancia materna al inicio de su vida, va a padecer un proceso de “deshumanización” con las consiguientes reacciones agresivas, ya que aprendió a adaptarse a un entorno carente en términos afectivos. Cada experiencia de vacío afectivo que sufre un niño humano, se suma a otras experiencias de muchos otros niños que se encuentran en las mismas condiciones, hasta que esa desesperación se plasma en una escala colectiva.

Por otra parte, los tiempos modernos nos juegan en contra. Las mujeres creemos que estamos accediendo finalmente a nuestra tan ansiada libertad -después de siglos de sometimiento al varón- por el hecho de trabajar y ganar dinero y que ésta es una victoria del género femenino. Sin embargo, podemos acceder a puestos de poder político o económico, pero si las mujeres seguimos caminando por el surco ciego de la represión y las limitaciones del amor primario, si no reconocemos la dureza que paraliza nuestro cuerpo, si no estamos dispuestas a escuchar nuestros latidos uterinos, si no ofrecemos nuestros pechos y nuestros brazos para el cobijo de la cría; entonces continuaremos siendo artífices indispensables de la violencia en el mundo. Porque resulta que sin amor primario no hay libertad. Sólo hay miedo y compensaciones desesperadas. Las mujeres somos la bisagra entre el pasado de represión, oscurantismo y odio; y el futuro que deseamos de movilidad, libertad y búsquedas creativas. Somos las mujeres quienes tendremos que comprender la relación directa que hay entre el amor primario y la libertad. Entre la represión del amor y la violencia.

Laura Gutman





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lunes, 22 de noviembre de 2010

La salud en nuestras manos



En épocas de gripes y anunciadas pandemias, fomentamos el miedo en vez de la salud. Información parcial, noticias catastróficas y fuera de contexto promueven el temor, mientras se pide a la población que no entre en pánico, en una contradicción insostenible. Es verdad que cualquiera de nosotros puede “contagiarse” y enfermar. Es más: tenemos derecho a enfermar, a tomarnos un respiro y apartarnos de nuestras rutinas cotidianas. Para lograrlo, necesitaremos utilizar los virus para realizar la enfermedad. Incluso podemos afirmar que no hay nada más saludable que enfermar, entendiendo que es la manera de recuperar el equilibrio perdido. Sin embargo, para enfermar, tendremos que recurrir a instancias mucho más potentes que los virus: necesitaremos sentimientos o dolores no reconocidos, hartazgos o conflictos internos sin solución aparente y el deseo de apartarnos y distanciarnos, erigiendo enemigos por doquier. También precisaremos comida de mala calidad o alejada de nuestra naturaleza personal. Quiero decir, comemos lo que luego nos enferma y pensamos lo que luego nos enferma. Esto significa que el equilibrio físico y psíquico está en nuestras manos y depende de nosotros mucho más que de los temibles virus externos. Aunque no lo parezca, ésta es una excelente noticia. Porque podemos hacer algo muy concreto. ¿No queremos enfermar? Pues bien, abandonemos completamente la leche y sus derivados. Completamente significa completamente: yogures, postres, flanes, cremas, helados, manteca, chocolate. En los niños pequeños, esta debería ser la regla. ¿Es muy difícil? ¿Acaso es más fácil tolerar las virulentas gripes que nos tienen aterrados que sostener una dieta momentáneamente rigurosa? Ahora bien, supongamos que prestamos una estricta atención al alimento, aún tendremos que abordar el territorio de los dolores afectivos. Eso es más complejo, pero no imposible. Como mínimo, preguntémonos qué nos aportaría una enfermedad respiratoria en este momento de nuestras vidas. ¿No tenemos ninguna pista? Pidamos ayuda, para ver aquello que enceguecidos por nuestras propias opiniones, no alcanzamos a vislumbrar. En lugar de alimentar el miedo o de aislarnos, sepamos que sólo podemos enfermar de aquello que nos completa. Y que todo síntoma nos aporta información sobre el estado de nuestra conciencia. No hay verdadero peligro si miramos hacia adentro.


Laura Gutman

jueves, 11 de noviembre de 2010

Polarización entre herman@s


Tener hermanos no es garantía de que los lazos de amor y proximidad emocional se instalen. Tampoco es determinante si tenemos mucha o poca diferencia de edad, ser del mismo sexo o haber compartido habitación durante la niñez.  La hermandad  depende de la capacidad de nuestros padres de atender nuestras necesidades individuales  sin  rotularnos, es decir, sin encerrarnos  a cada hijo en un personaje determinado.

Para comprender esto, tenemos que ser capaces de abordar el complejo tema de la polaridad. Este es un mecanismo mediante el cual los seres humanos podemos alcanzar el discernimiento. Comprendemos que algo es grande en relación a lo pequeño. Que algo es blando en relación a lo duro. O que algo es femenino en relación a lo masculino. En las relaciones humanas ocurre lo mismo: “proyectamos” lo que creemos, lo que suponemos o lo que nos trae alivio. Esa “proyección” es “polar”, es decir, reconocemos algo “bueno” respecto a lo “malo”. Este sistema inconsciente ubica nuestras experiencias en algún “estante” conocido de nuestro armario emocional, pero no refleja necesariamente la realidad.

Dicho esto, pensemos en el nacimiento de un segundo hijo.  Ya desde la sala de parto diremos: “Nahuel es tranquilo, a diferencia de Fernando que era movedizo”, o bien: “Catalina sólo quiere dormir, en cambio Nicolás  se pasaba despierto todo el día”. Al proyectar “polarmente”, ya estamos imponiendo un “personaje” que el niño luego se verá obligado a asumir. De ese modo, cuando un niño cree que según sus padres es inteligente, o responsable o distraído o agresivo o terrible, intentará asumir ese papel a la perfección.  Hará lo posible para ser el más terrible de todos o el más valiente de todos para ser querido. Ahora bien, si el niño no se siente suficientemente amado, creerá que su hermano -opuesto-  sí lo es.  Esto demuestra que el niño no está recibiendo la calidad de confort, mirada, presencia o disponibilidad materna o paterna que necesita.  Cegado por su desesperada necesidad de sentirse protegido y amparado por los adultos, hambriento de amor y de caricias, pretenderá “robar” a sus hermanos,  pequeñas porciones de afecto. Claro, los hermanos -tan carentes como él-  tendrán las mismas vivencias. ¿Cómo lo sabemos? Porque se llevan “como perro y gato”. ¿Cómo continúan estas historias? En principio los castigamos, o al revés, no otorgamos ninguna importancia a las “peleas de niños”. En ambos casos se quedan solos y deseosos de obtener mirada. Luego, en la medida que crecen y adquieren autonomía, registran la distancia instalada,  aún siendo hermanos y habiendo atravesado la infancia juntos. Durante la juventud ya son extraños. La vida sigue. En el mejor de los casos luego toleran algún vínculo formal o social entre ellos, aunque en otros casos se habrán enemistado para siempre. Esos niños, hoy somos nosotros.

Entonces  ahora, ¿qué podemos hacer con nuestros hijos, si pretendemos que mantengan relaciones afectuosas entre hermanos? Pues será menester escuchar y comprender a cada hijo en su especificidad de niño pequeño. No sacar conclusiones  precipitadas sobre sus virtudes o defectos ni compararlos entre ellos. Intentar satisfacer en la medida de nuestras posibilidades, todo aquello que los niños demandan. Y sobre todo, traducir con palabras sencillas lo que hemos comprendido acerca de ellos, compartiendo esos pensamientos con el resto de nuestros hijos.  Sólo entonces cada niño podrá amar a sus hermanos, porque los ha comprendido.

Laura Gutman